Imagina a una persona que llega a este mundo y las personas de su entorno afectivo le dicen que es guapa, inteligente, mejor que las demás.
Que es especial.
Imagina, por otro lado, que las mismas personas le dicen también que «debe ser” de una manera determinada: más educada, obediente, amable, simpática, tener un buen rendimiento escolar… y le señalan las veces que no lo consigue.
Dos mensajes contradictorios emitidos desde un mismo altavoz: «eres mejor que el resto» y «no alcanzas la perfección que espero de ti».
«Soy más que las demás personas. Estoy por encima de ellas. Pero para quedarme en este sitio, donde parece que me quieren, tengo que conseguir la perfección». Y aquí empieza la carrera cuya meta es perderme. Ya no podré valorarme desde mí, sino desde las gafas de aquelles cuyo amor necesito.
Su autoestima oscilará entre sentimientos de inferioridad y de omnipotencia. Un día son las mejores y otros días están llenas de defectos.
Hasta que integran este discurso y luego, de adultas, no les hace falta que nadie les diga.
Porque se lo dicen ellas mismas.
Si la persona, de pequeña, no se ha sentido reconocida por cómo es, más allá de ideales, entonces no aprende a reconocerse a sí misma. Y lucha por ser ese ideal que le marcaron con la ilusión de que algún día el resto del mundo estará satisfecho. Pero eso nunca llega.
Es necesario reconstruir una mirada propia y sin juicio hacia lo que somos en esencia. Con nuestras facilidades y dificultades. Porque solo así salimos de la lucha estéril por cumplir expectativas que nos condenan a renunciar a quienes somos.
Y podremos gozar de la libertad que da aprender a querernos un poco más …sin exigirnos tanto.