Si no lo siento, no lo creo

Qué pasa cuando experimentas algo en tu cuerpo.

Soy de los que cree que todo aquello que pensamos hoy, tuvo un correlato previo en nuestro cuerpo. Cuando no teníamos criterio, cuando éramos bebés, estábamos constantemente aprendiendo del mundo que nos rodeaba. Pero no a través de la razón, sino de nuestros sentidos.

Esas experiencias corporales nos moldean.

De ahí la importancia de los vínculos tempranos, porque marcan la manera de relacionarnos con el mundo exterior. Luego, más tarde, vienen las palabras, la lógica y el razonamiento, todas ellas con el propósito de socializarnos en una cultura.

Por eso en mi terapia puedes hablar mucho o poco de lo que piensas. Pero siempre buscaré espacios para que sientas.

Para que explores tus sentidos. Para que reeduques tu sistema nervioso ante los «inputs» de siempre. Porque ahí reside una gran capacidad de transformación.

Puedes entender desde la mente, por ejemplo, qué es poner un límite a otra persona. Pero cuando lo experimentes desde el cuerpo, con mis propuestas, sientes que decir «no» te acerca a sentir un mayor alivio y liberación. Y eso te ayuda después a poder sostener los futuros «no».

Por eso creo en la relación terapéutica entre dos personas. Porque el impacto mútuo mientras se crea el vínculo terapeuta- cliente, me ha demostrado ser el motor básico del cambio. No nos encontramos dos mentes: nos encontramos dos cuerpos. Dos sistemas nerviosos. Y eso es revolucionario.

Nacemos en relación (nueve meses en el útero) y nos herimos en relación (usualmente en nuestra infancia). Por eso es en la relación (aquí terapéutica) donde reside la posibilidad de sanar esa herida. Y eso es mucho más que dos mentes dialogando. Si no, piensa en tu infancia…

La presencia y actitud del «otro» impacta en mi sistema nervioso y me lleva a reaccionar. Observar este proceso y dar espacio para sentir esta reacción, expresar su impacto, poner conciencia… es el paso previo para establecer nuevos circuitos neuronales y dejar de repetir patrones.

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