Cuando compartes aquello que nunca antes has dicho en voz alta.
De golpe se hace el silencio. O me mira con nerviosismo. O me corta la frase a medias. Nunca sé cuando llega el momento de la confesión. Pero cuando llega, el sentimiento de liberación para la persona es físico: el peso mental de un secreto suele ser de toneladas.
Comunicar en voz alta algo que hasta ahora solo había sido mencionado en mi mente. El poder de compartir para que otra persona me ayude a llevar la carga. Y descubrir muchas veces que ese peso era directamente proporcional al deseo de encontrar el oído adecuado.
Un oído que no juzgue, que no confirme mis peores presagios. Que me abra a un camino de aceptación desde una mirada de tolerancia. Porque es esa mirada la que sana. La que debo integrar hoy si ayer experimenté otras que me hicieron sentir como una persona inadecuada.
Os invito a que, si estáis en terapia, aprovechéis la confianza que os ofrece la persona que tenéis delante. Suena fácil aunque ya sabemos que no lo es. Pero si algo merece la pena de un proceso terapéutico es, indudablemente para mí, la creación de un espacio de seguridad.
Si mi cuerpo aprendió a protegerse callando, es ahora cuando puede aprender a sentir que está seguro y que puede hablar. Reeducando mi sistema nervioso autónomo a través de la relación con mi terapeuta aprenderé a conectar con la seguridad y la confianza que me permitirán vivir mejor.